La vida es un salto al vacío, me lo dejó claro Charly García cuando, desde un noveno piso en un hotel en Mendoza (Argentina), se arrojó a la piscina y después tranquilo se tomó una Coca Cola. Me lo enseñó mi padre entregado a las drogas duras dejando hasta su propia identidad para sumergirse en ese abismo eterno del que decidió no escapar más. Y lo confirmó mi primo acabando con su vida un miércoles 8 de julio del 2020 tirándose de cabeza al asfalto desde la terraza de su edificio en Chapinero alto en Bogotá. Todos saltaron, eligieron el abismo y el vacío. No hubo una negociación ni una reflexión ni nada más que el acto contundente. Yo he saltado muchas veces, por resentimiento, por tristeza, por justicia, por furia y por amor. Y aquí estoy, con las marcas que deja la vida, la melancolía que no se va y las ganas latentes de seguir mis pulsiones. Una vez más, otra vez, siempre que se pueda. El salto hace parte de mi vida y con él también la posibilidad de morir las veces que sea necesario.