Los suicidas, todos los suicidas, cada uno de nosotros, escogemos un sólo camino. Sabemos que la muerte está por delante y vivimos con esa pulsión. No importa si estamos en Florencia, París, Buenos Aires o New York. No importa si nuestros ojos están viendo un jardín primaveral en un parque de Roma o la miseria de un barrio pobre de cualquier ciudad de un país del tercer mundo. La muerte está ahí, la posibilidad del suicidio es latente. Se despierta y se acuesta con nosotros. Y esa sensación, esa pulsión, esa introspección constante, es la que nos ofrece la posibilidad única de vivir a plenitud, con la seguridad de que todo nos pertenece y nada nos será arrebatado. Recuerdo esa vez en la tarde que, caminando entusiasmado por los pasajes de Nápoles porque iba a ir hasta el Quarteri Spagnol a ver el mural del Diego, (Diego Armando Maradona) sabía muy bien que a la hora de dormir todo sería un simple recuerdo y que el vacío al final se iba a apoderar de mí como siempre. Como muchas veces. Como todo en mi vida. Y así como tenemos la seguridad de que todo nos pertenece, también convivimos con esa certeza punzante y dolorosa que nos avisa sin intermitencias que también todo lo agotamos. El amor, la felicidad, la perplejidad y el placer. ¿Y qué vamos a hacer entonces? Sólo somos humanos dueños de nuestras vidas y de nuestras muertes. Otros más, entre tantos, que sabemos muy bien que un día, cualquier día, vamos a apretar el gatillo y nos vamos a volar la cabeza en cualquier cuarto de hotel de cualquier ciudad del mundo en la que sentimos que otra vez agotamos algo. Algo más. Todo.

Deja un comentario