Hay días en los que me levanto aburrido, superado y devastado por la supuesta normalidad con la que se debe mover uno dentro del mundo y la sociedad para buscarse un trabajo, salir adelante y ser aceptado. Yo no elegí eso, sigo sin elegirlo y me rehuso a vivir así, pienso. Una elección así es un salto al vacío. Es una decisión transgresora. Es un enfrentamiento con la concepción impuesta por los que te criaron y te dieron todo por la culpa esa que sienten por haberlo traído a uno al mundo sin ser planeado. Pero qué se le va a hacer. Uno tiene que defender lo que uno es, lo que siente y lo que le vuela la cabeza. Y, entonces, cuando me levanto así, que es casi siempre, todos los días: escucho a Charly. Al gran Charly García. Me armo de un piano, un micrófono, un escenario y un público imaginarios, prendo el bafle a todo volumen y me siento como si fuera él tocando en el Luna Park. Se siente hermoso ver cómo, afuera, la gente está afanada por llegar temprano a su cita con la rutina, mientras yo, dentro de mi casa, estoy dando un recital para miles de personas. Toco éxitos, uno tras otro. Me creo una estrella de rock. Me luzco y dejo fluir el estasis. Y, una vez, ya estaseado, procedo a vivir mi realidad. La mía. Una bastante tocada por la violencia que viene con la pobreza acompañante desde la infancia, la disfuncionalidad de mi familia, las drogas, el alcohol y la literatura y el cine como únicos escapes. Me río, me quito el revólver imaginario que me puse en la sien y me tomo un café. Todo eso pasa en dos horas o menos. Yo me levanto temprano y por eso las 10 am ya he atravesado delirios, sueños, frustraciones y ganas de suicidarme. Asumo que ese es el precio de haber renunciado al Call Center, al sueldo mínimo y al transporte público para llegar a donde no necesito querer matarme porque allá lo harían todos lo días de a poquitos mientras me gritan que me están haciendo el favor de no dejarme morir de hambre.

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