¡Todos están muertos!

¡Todos están muertos!

En mi Instagram sigo a pura gente muerta. Estrellas de rock, de punk, escritores, cineastas y drogadictos. Todos muertos. Y es extraña esa sensación de sentirse identificado y atraído por las publicaciones de esos muertos que parecen novedades que te apuñalan la cordura. El tiempo es relativo, me digo para no caer en un espiral existencial bañado en melancolía. Pero caigo. Siempre caigo. Y entonces es extraño aceptar que todo muere. Todo lo que nace en mí muere. En todos. El amor, la ira, la euforia, el odio, las ganas, la depresión y la ansiedad. Todo muere y resucita. Vuelve con furia, sobre todo la hijueputa ansiedad. Ya tengo 37 años, no me volé la cabeza a los 27 y tampoco salté del último piso de un edificio a mis 33. Ya descarté la muerte por sobredosis. Y ahora me asusta morirme de un infarto. Me estoy haciendo viejo con esa resignación de mierda de aceptar el paso de los años con dignidad. No me quiero reconciliar con nada ni con nadie. Quizá ya se fueron los años punk y toca digerirse eso. Y tal vez lo más punk que pueda rescatar es que un día alguien venga y me vuele la cabeza por decir la verdad frente a un micrófono y una cámara. No quedan nada más que mis muertos, los que vivieron conmigo y los que me dieron vida lejos de mí. Mi Instagram está lleno de muertos que publican novedades. Es una broma, un consuelo y una dosis de basuco. ¡Qué gonorrea!

Deja un comentario